Ayer entraste en mi. Fuiste mas alla de mi alma y entraste en mi cuerpo. Mis entrañas se estremecieron de placer cuando oi como bajabas la bragueta de tu pantalón. Explotaba de placer cuando sentia el roce de mi piel con tu ropa interior.
Hoy de esa noche queda tan solo una pestaña. Postiza ella, falsa. Ahi la dejé, en el piso del baño, pegada con cinta adhesiva. Es el único recuerdo que tengo de la noche en que entraste en mi.
Y es que contigo aprendi a olvidar. Adquirí la habilidad de beber hasta la inconsciencia y despues no recordar nada. Así, cuando te ibas, solo quedaba de ti el perfume en mi cama.
Pero ayer ingresaste a lo mas profundo de mi vientre. Te sentí latir en mi estómago, me recorriste las venas y me cerraste los ojos mientras me tapabas la boca para que no grite. Atacaste mi sexualidad, mi genitalidad, destrozaste mi hombría.
Y en el fondo lo sabía. Cuando cruzaste mi umbral, sentí tu perfume barato, el roce de tu blusa en mis piernas, vi tu rostro detras de todo ese maquillaje, (¡mierda, tu rostro gimiendo detras de mi, mierda!). Y en mi mente me vi acurrucado en tí, hecho un ovillito, como ante una madre, mi madre puta.
Bebimos hasta la inconsciencia, hasta hacerme chiquito como un punto. Alce los brazos hacia ti y te pedí un abrazo. Me los diste.
Te pedí un beso. Te negaste. (Los niños no besan a mamá en la boca).
Vulnerable ya en tus brazos me sonreiste. Me volteaste. Me penetraste.
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