viernes 26 de septiembre de 2008

Muñeca rota



Te cosí un ojo. Te amarre bien el vestido con mi cinta de pelo para que te saque cintura. Luego te arranque a mordiscos el calzón de bobos y florecitas y te puse un hilo dental.

Corté tus cabellos hasta dejarlos casi al rape. Así no sería tan difícil sacarte los piojos cuando te ensuciaras. Te puse un corpiño rojo y una falda de tela de leopardo.

El rimmel barato que te puse se confundía con tus lágrimas. Me mirabas a los ojos y me pedías que pare, me decías basta con un murmullo. Me parece haber escuchado esa palabra miles de veces mientras negabas con la cabeza. Tus labios rosas pintados con labial rojo temblaban.

Pero soy demasiado maldita. Tus lágrimas me producían placer. En el fondo sabía que te gustaba que te torture, que te domine y haga de ti una marioneta barata. Sabia que en el fondo querías más.

¿Recuerdas cuando nos encontramos? Tu carita sucia, tus manitos blancas, tu delicadeza estampada contra una pared sucia donde te apoyabas porque no podías más. Te mataba el hambre, el frío y la maldad callejera. Me miraste con esos ojitos brillosos, vi tu belleza y tu pureza detrás de esas legañas verdes.

Y te vestí, te perfumé y te regalé el placer retorcido de mi dedo entre tus piernas. Pero ignorabas que eras un juego. Ignorabas que quería regalarte la felicidad infinita sólo para que luego conocieras la desgracia de la pena y la humillación más patética. Tu desgracia traería a mi el equilibrio que no encuentro en mi mente.

Te escuche decir "te amo". Me tocaste con tus manitos insignificantes. Me arrancaste lágrimas de ternura pero me reservé el placer orgásmico para cuando te diera la estocada final. Esperé a que me amaras tanto que te olvidaras de ti y me regalaras tu fragilidad. Y finalmente conseguí dominar tu pureza y quebrar esa inocencia rosa.

Me gustaba vestirte como princesa y sacarte a la calle. Te llenaba de lazos y te ponía una tiara. Me estampabas un beso y corrías a la puerta de mi casa a esperar que abriera la puerta. Tomabas mi mano e ibas dando brincos por las calles. Te detenías sólo a recoger florecillas que me ponías en la cabeza.

Luego en las noches te sumergía en la tina de burbujas. Te secaba toda perfumada y te acostaba. Ataba cada lacito de tu pijama de felpa que te hacía ver como un pequeño oso de juguetería. Ya al amanecer rizaba tu cabello hasta hacer muchos bucles.

Pero las luciernagas desaparecen en la oscuridad, mueren. Las mariposas se mojan con la lluvia y caen. Los arco iris son tapados por el smog de la ciudad. Y te pregunté cuanto me amabas. Me dijiste una eternidad. Te pregunté si lo harías todo por mi, si lo dejarías todo por mi.

Y dijiste si. Y te pregunté si serías mi puta. Y dijiste sí.

Y se acabaron las tiaras y las burbujas. Se acabaron los baños y las sonrisas. Dejaste de ser mi muñeca para ser mi estropajo. Y ahora te arrojo a la calle cada vez que me pega la gana. Y te digo que no vuelvas jamas pero siempre te encuentro en la misma esquina esperándome bajo la lluvia. Siempre con la mirada baja, siempre negando con los labios incapaz de huir. Todo porque me amas, todo porque esperas que un día mi maldito afán de torturarte desaparezca.

Pero no sabes que mi placer se encuentra entre tus lágrimas, que me exita ver como tiemblas de frio bajo la lluvia, como tienes que abrir las piernas ante los extraños que buscan un refugio de placer malsano, no sabes que cuando me miro al espejo, con el ojo cosido y el calzón roto, muero por saber que tan bajo puedo seguir callendo en esta espiral de autodestrucción en el cual soy una puta por voluntad propia, un ser retorcido que se es capaz de subir hasta lo más alto para luego dejarse caer en la inmundicia.

Y es que yo soy esa mujer detrás del espejo que hizo de tí una hermosa muñeca. Yo soy esa curiosidad malsana que te susurraba todos los placeres de la vida que te faltaban por conocer. Yo soy la que te hizo vestirte de rojo, la que te partió el alma y la vida hasta tenerte aquí parada negando con la cabeza y diciendo que si con la mente, la que en el fondo pide más aunque grite que basta, la lascividad encarnada que hizo de ti, mi muñeca, la asquerosa mujer que ahora soy.