jueves 8 de enero de 2009

Beatita



Que sería si vieses mi espalda
Melchorita Saravia


Beatita, beatita (calatita),
¿que misterio se oculta detrás de tu faldita?

Hoy miraste hacia abajo por primera vez en tu corta vida. Miraste donde nadie antes te había mirado (No la mires fijamente, ¡ella será santa!). Esa enredadera de pelos esconde el capullo de tu virtud sin desflorar.

Sentada en el inodoro, revuelves con tu dedito sacrosanto el vello púbico. Ese dedito travieso que se mezcla ahora con la orina que sale de ti ha empezado a explorar los confines de un territorio virgen, una selva negra y rosa urgida por ser descubierta.

Cierras los ojos y piensas en Cristo en la cruz, sus pectorales, su torso desnudo, sus cabellos castaño claro (siempre te atrayeron los hombres delgados, blancos, lampiños). Sigues bajando y en tu mente imaginas que habrá detrás de ese taparrabo salpicado de sangrecita. Tu dedito travieso sigue acariciando y explorando.

Hace quince minutos has terminado de orinar y sigues en el baño. En la cocina, tu madre piensa que estas orando. No sabe que ahora piensas en ella: esas tetas enormes que dieron de lactar a tus tres hermanos, esas caderas desbordantes que tu padre acaricia todas las noches, ese sudorcito en la frente de tanto mover las ollas calientes.

Ahora tu mano ha resbalado por tu pecho casi impuber. Eres una mujer delgada y enfermiza, en ese cuerpo comido por los latigazos y virus no hay espacio para la belleza. No heredaste las generosas carnes de tu madre.

Acaricias nuevamente ese pecho plano. Ahora piensas en ti. Eres una mujer hermosa, tus cabellos negros hirsutos y cortos derrepente se convierten en una maraña de cabellos castaño claro. Una melena de leon que agitas al viento.

Tus huesos han sido rodeados por grasa que te hace dueña de unas caderas enormes. Tus piernas se elevan al cielo mientras ese dedito travieso que habías olvidado por acariciar tu pecho cobra vida una vez más. No eres esa beatita humilde que reza en la grutita que hiciste con tus manitas huesudas. Eres una mujer hermosa que se regala placer y lo grita al viento.

Con una mano recorres tu trasero, has apretado las nalgas porque sientes llegar el momento preciso del clímax. Te arrodillas frente al inodoro porque no puedes creerlo. Frente a ti Cristo, tu madre y tu con el cuerpo de otra te reciben en unos tibios brazos que te mecen y te hacen estremecer.

Si.

Ahora despiertas del sueño. Es tiempo de volver a la letanía de la oracion eterna. Tiempo de mirar a Cristo desde abajo hacia arriba y de agachar la cabeza para que tu madre te pegue por pecadora. Ahora es tiempo de vendarse los senos para ocultar tu cuerpo a los hombres. Es tiempo de recoger el charco de tus líquidos orgásmicos para ocultar toda evidencia de tu capacidad de sentir placer.

Ahora es tiempo de darte latigazos en la espalda por el triste pecado de ser humana.